Zapatos de ocasión

Zapatos de ocasión

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

Nos conocimos en los festejos por las Bodas de Oro del Club Hípico. Los minutos primeros de aquel encuentro fueron borrosos, ajenos, hasta que de repente y sin darnos cuenta, compartíamos la misma mesa y claro, el mismo grupo de amigos. La tarde rauda y ruidosa se perdió a lo lejos; las luces se encendieron y los festejos continuaron. Esa noche, recuerdo, no cruzamos palabras alguna, aunque si algunas tímidas miradas.

Al otro día nos encontramos con mis amigos, ahora también sus amigos, en el bar más antiguo de la ciudad, El Privado. Y ahí estaba ella. Nos ubicamos en la mesa ovalada con corazón de vidrio grueso, la que tiene reservada el gobernador y sus funcionarios todos los sábados por la tarde, la que está casi arrinconada al fondo, subiendo los dos escalones de madera. Nos sentamos enfrentados. Pidió un té en hebras. Yo, lo mismo. Lo acompañamos con masas finas, pequeñas y sabrosas, y algún que otro dulce de factura artesanal. Alguien pidió cerveza. Otro, el más osado aunque visiblemente deprimido por algún desamor, un vodka con naranja.

La reunión duró poco más de una hora. Hablamos poco o quizás, jamás hablamos. Mis pies, que se veían tras el vidrio de la mesa, parecían más grandes y toscos, encerrados en zapatos azules casi negros. Los de ella eran lo opuesto, en tacones color uva, curvos y estilizados, y a menos de cinco centímetros de los míos. De manera casual se dio un roce, un taco con taco, un pie de los míos sobre uno de los de ella. Descubrí, descubrimos perdón, casi inmediatamente, que el contacto que nos brindaban esos roces era único, tan simple como excitante. Al tiempo de partir, el grupo y las despedidas nos alejó, y entonces no pude saludarla con decoro. La miré, me miró, sonreímos.

Pues bien, y no de pura casualidad, desde aquel encuentro comenzamos a vernos más seguido, solo los dos, domingos inclusive, y casi siempre en el mismo bar y a la misma hora, con una particularidad: no hablábamos. Solo nos mirábamos y jugamos al amor con nuestros pies. Zapatos, zapatillas, sandalias y alguna sino una sola vez, atrevidos y provocadores pies descalzos.

Pero un día común, común para mí y mis días, ella no llegó al bar. Y al próximo encuentro tuve que faltar yo, por demorarme de una reunión de consorcio que duró más de lo esperado. Así, entre razones bien fundadas o por lo menos entendibles, dejamos de vernos. Nunca supe de sus motivos, y entiendo que ella tampoco de los míos.

El lunes pasado se cumplieron dos años desde que nos separamos. Y ayer jueves, con la tormenta de piedra que vaticinaban en la radio ya sobre la ciudad, abrí la pesada puerta vaivén y pedí un café doble. La mesa, aquella mesa, estaba desocupada. Mientras leía la revista del diario, sentí en mi tobillo derecho un roce, el que ciertamente pudo ser casual. No fue necesario mirar quien ocupaba la silla que me enfrentaba. Tras el vidrio ovalado se dibujaban aquellos zapatos color uva y de tacón, los suyos, los que sin reparos y con mucha paciencia acariciaban mis zapatos marrones, acordonados, esos que uso poco, y los que según mi madre, son mis zapatos de ocasión.-

Solo nos mirábamos y jugamos al amor con nuestros pies. Zapatos, zapatillas, sandalias y alguna sino una sola vez, atrevidos y provocadores pies descalzos".