Yo lo leí

Yo lo leí

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

1

Jactancioso, pedante, sobrevalorado, lo que usted quiera. Pero es un hecho no menor, una medalla invisible que pocos saben apreciar y los que lo hacen, miran con recelo. Haberlo leído, leído y releído y disfrutado son mi argumento, mi escrutable defensa. El milagro secreto, El Golem, Tlön Uqbar Orbis Tertius, El Jardin de Senderos, Ulrica, La Lluvia, Poema de los Dones, La noche cíclica, Los espejos, El simulacro. Me olvidaba de Funes (vaya paradoja). En fin, todos estos y muchos más pasaron por estas manos y enfrentaron mis ojos. Considero, entonces, que no es de balde sentirme orgulloso.

2

Con lógica y sentido de pertenencia, fui invitado a brindar unas charlas sobre literatura latinoamericana del siglo XX. Pasaje y estadía con media pensión a cambio de un par de horas divididas en dos tardes, ante cientos de sujetos que, a cara de sorpresa y admiración, recibirían una cátedra sobre el escritor que cambió la literatura del siglo pasado.

En el taxi evité conversar con el chofer so pretexto de estar agotado. Pagué con cambio y dejé el vuelto. En la Estación me informaron de mala gana que mi coche llevaba una hora de demora.Desde los parlantes se anunciaba la llegada y destino de salida, aunque sin mucho éxito. Me dije y convencí de ser paciente.

3

Mientras contaba cuántas dársenas tenía y la vista no me alcanzaba para descifrar si eran 57 o 58, lo vi a él, condenado a la demora como yo, a unos metros, con un pequeño bolso gris y un paraguas. “En mi barrio llovía”, se justificó una vez que me acerqué a dialogar. Vestía traje, corbata, poncho doblado sobre el hombro izquierdo y zapatos de cuero marrón. En su mano, un tomo de Discusión, edición española. Hoy puedo escribir un aforismo: la jactancia puede, sin más, transformarse en imprudencia. Yo lo leí, afirmé. Él, que argumentaba a favor de no sé cual sujeto en algún evento sin mayor importancia, con uno de sus perros en la plaza, me miró con ojos de duda, profundos. Unos segundos y comprendió. ¿A este libro? Y si la imprudencia puede revelarse y mutar a estupidez, ese era el momento. A toda su obra, me escuché decir. ¿En serio? Preguntó. Esa pregunta sonó desafiante, aún cuando no haya sido ese su interés.

- “Una vindicación del falso Basílides", lo mejor de este libro, coincidirás, se define en un catastrófico párrafo, ese que dice sobre el posible aunque inasequible triunfo de Alejandría y no de Roma.

Y de memoria empezó a recitar cada palabra. Es el último párrafo, aclaró. Pues bien, debo confesar sin un dejo de hombría, que desde ese instante comenzó la mayor de las humillaciones que hube sufrido en mi vida. Despacio y sin estética descolgó su bolso y lo atrapó entre sus pies. Tomó aire y recitó de memoria “El Golem”. Entonaba cada verso y movía los ojos, detrás de sus párpados cerrados. Lo entonaba, reitero, con la misma cadencia que alguna vez escuché en un reportaje que le hicieran en la televisión española. Su boca, empastada en los extremos, pasaba desapercibida. Es que la poesía destruye imágenes deleznables mientras construye un mundo mejor. Si, eso es: la poesía construye un mundo mejor. Las dieciocho estrofas sin esfuerzo. A la última la recitó tomándome del brazo:

- "...En la hora de angustia y de luz vaga, en su Golem los ojos detenía. ¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?"

Una pausa, y sus ojos volvieron a abrirse. Impecable, sollocé. Prefiero La Lluvia, le dije, y comencé a recitar. Mientras lo hacía, con los ojos abiertos y mirando cualquier objeto, me vi en un duelo el cual sabía perdido. Me vi desparramado en el suelo con mis ropas sucias y ajadas, con mi oponente apuntándome a la frente con su arma.

- La voz deseada, no amada, corrigió con respeto. Aunque no suena mal, reflexionó.

Sé que lo hizo para perdonarme la vida, como si hubiese descargado el arma para ayudarme a incorporarme. Quise cambiar de tema pero no pude. Quién entra en Borges jamás puede salir. Es como un laberinto, o un desierto, como en el cuento Los dos reyes y los dos laberintos. Sobre el texto confesó que no le gustaba la aclaración de "pero Alá sabe más".

- Suena innecesario ¿no te parece?

Recordó que en sus años adolescentes la tradujo al alemán.

- Ardua empresa, sinceramente, pero lo logré.

Esas palabras entraron en mis recuerdos y me vieron, orgulloso en aquel día y avergonzado esa noche, leyendo la media carilla de La Trama en inglés. Diez a cero. Ni se te ocurra contárselo, me dije. Recitó el Poema Conjetural, me habló de cada personaje de la Historia Universal de la Infamia, aunque resaltó la complejidad de Tom Castro; criticó con vehemencia y enojo algún pasaje de Las Memorias de Shakespeare (su último cuento, añadió); arguyó que Tlön era sin dudas lo mejor de toda la obra. La noche se hacía oscura y fría, y el coche no llegaba. Toda la escena parecía un infame plan: destruirme en la única materia en que me sentía invencible. El Aleph, afirmó, peca de exagerado barroquismo (si no es eso una redundancia), pero no en su contenido sino en su forma.

- Parece que estoy dialogando con Carlos Argentino, refuté.

- Qué: ¿te contaron del universo que guardo celoso en un punto mínimo dentro de mi sótano?

Sonreímos. Cien a cero.

Tres coches vacíos entraron por el ingreso sur, el que da a la nueva Casa de Gobierno.

- Por favor que sea el nuestro, le dije.

Y efectivamente, el primero de ellos, con dos horas de demora, llegaba para salir raudamente al norte. Hicimos la fila, él, adelante mío, pateando con cuidado su equipaje. Aquí está, me dijo. Página 126. Lee el último párrafo. Tomé el volumen y lo leí de mala gana. Ni en una coma se había equivocado (....Durante los primeros siglos de nuestra era, los gnósticos disputaron con los cristianos. Fueron aniquilados, pero nos podemos representar su victoria posible. De haber triunfado Alejandría y no Roma, las estrambóticas y turbias historias que he resumido aquí serían coherentes, majestuosas y cotidianas. Sentencias como la de Novalis: La vida es una enfermedad del espíritu, o la desesperada de Rimbaud: La verdadera vida está ausente; no estamos en el mundo, fulminarían en los libros canónicos...)

- ¿No serás Funes, che?

Y el tipo comenzó a recitar el cuento. Literalmente me quise morir. Me sentí agobiado, sin aire, hundido en el medio de un denso y bravo mar. El chofer, arrojándome una soga desde una pequeña embarcación, lo interrumpió pidiéndole el pasaje, Lo entregó y subió al coche. Mi turno. Entregué también unas monedas al sordo mudo que cargó mi valija en bodega. El coche estaba oscuro, aunque lo pude ver en el piso de abajo, acomodándose en un asiento de esos que no se reclinan tanto. Suspiré, me volvió el alma al cuerpo. Volví a ser yo. Mi número, el 23 si mal no recuerdo, era un asiento ancho y cómodo, esos que se reclinan hasta hacerse cama.-

Me vi en un duelo el cual sabía perdido. Me vi desparramado en el suelo con mis ropas sucias y ajadas, con mi oponente apuntándome a la frente con su arma".