Vázquez

Vázquez

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

El viento no tiene dueño, y las hojas, dicen, son de él; el pañuelo, parecido al que llevabas el otro día, ese que tan bien te quedaba, espero que sea el tuyo; el auto viejo, descuidado, con dos dados morados y de terciopelo colgando del espejo y una grotesca calcomanía del Italpark en la luneta, seguramente es de Robles.

Ilustración: María José Albo

Lo llamaron Matterhorn, en intrigante y no por ello creativo homenaje al cerro con forma de pirámide en los Alpes suizos. Era una pista redonda, con un eje en el medio, del cual salían brazos de metal articulados que sostenían carritos. Cuando la pista frenaba y giraba a la inversa del movimiento que llevaba, el latigazo en los brazos y sus extremos, carritos redondeados con forma de media nuez y de chapa pintada, era fatal. Divertido, sí, pero fatal. La falta de mantenimiento en las trabas de seguridad y un cómplice movimiento acelerado, hundieron en un océano de horror años de diversión y espectáculo. Un carro se desprendió, salió despedido y una adolescente murió al estrellarse contra una pared. Todo un escándalo para la época. Juicios, la inevitable y típica  quiebra fraudulenta, los estafadores de turno, las aseguradoras que no aseguran, etcétera.

Ahora que lo pienso, al Italpark sí lo conocí. Llegar nos llevó un par de horas. Recuerdo que era un día soleado, y que el olor a combustión que venía del baúl era insoportable. Mi viejo, cuando llegamos al enorme playón, estacionó y dijo emocionado, dibujando con la palma de la mano un semicírculo en el aire: Italpark, mientras mi vieja nos llenaba de perfume. Y si, en la entrada y apoyado en columnas bajas de hormigón, un cartel semicircular y con colores nos recibía, a mí, a mis hermanas y a miles de chicos. Autos chocadores, Dumbo, la Vuelta al Mundo, el Tren Fantasma, la Montaña Rusa, y claro, el Matterhorn entre muchos juegos más.

¿Habrán pasado qué, veinte años?, le pregunto a Robles.

- Veintinueve, pibe. Julio de mil nueve noventa.

- ¿Por qué la calcomanía?

Robles se ajusta el reloj, se peina con las manos en garra. Una y otra vez, se lame el bigote.

- Mi padre era el jefe de mantenimiento.

Se pone de pie, con esfuerzo, notablemente sensible, y se pierde en la oficina de Zarate. Al rato regresa.

- Te llaman, muchacho.

- Quién.

- El jefe.

Dos años y mi primera vez en la oficina principal. Zarate se mueve de espaldas, contra el dispenser de agua. Parece bailar. Me mira y se aquieta de golpe, avergonzado. Con una mano me ofrece un vaso.

- Café, por favor.

Me mira, de reojo. Es una broma, le aclaro.

- Te vamos a ascender.

Silencio.

- ¿Qué te pasa? ¿No te interesa?

- Si, obvio.

- Mejor sueldo, más responsabilidad, menos horas al pedo. Pedile a Robles que te dé el archivo de Vázquez.

- ¿El del accidente?

- Ese. Encárgate de cobrar. Es tu primer caso.

Vázquez era un hombre del interior, retacón, laburante y ambicioso, siempre sonriente. En la bonanza del campo cambió su vieja Estanciera por una japonesa. Roja anda más, decía. Y a falta de dinero, nos pidió prestado el saldo a cambio de una leonina prenda. Religiosamente venía a pagar, antes de los diez de cada mes. Chiste va, chiste viene, algún fresco de aceitunas, y a la espera de la próxima cuota. Un duque. De repente desapareció. No respondió los llamados, así que largamos con cartas documentos. Nada. Con el tiempo nos enteramos que había sufrido un accidente.

- Anotá: Capdevilla 1127, 4 piso. Ahí lo vas a encontrar. Si le sacas un mango, te pago la tintorería.

- Si no le saco un mango, te invito a cenar, Robles.

El edificio vetusto, de paredes que fueron blancas y hoy son grises, se emplaza violentamente en una zona residencial de casas bajas y techos de teja. Lo encierran largos canteros con flores resecas. La puerta principal es de rejas y vidrio. Un jardín interior descuidado y los casilleros de chapa para la correspondencia abiertos y destartalados, son inevitable corolario del deterioro y del olvido. En el ascensor me cruzo con una mujer mayor, que arrastra un canasto lleno de verduras. Vamos al mismo piso.

- Busco a un señor, Vázquez, ¿lo conoce?

- Pobre hombre.....

- Supe que tuvo un accidente. Pero por suerte se salvó.

- Si, él sí. Pero uno de sus hijos murió, y la nena sigue internada.

La puerta del departamento está abierta. Vázquez descansa en un sillón mecedor, de caña con almohadones marrones. Su cuerpo robusto se esconde debajo de una frazada de lana. Parece afiebrado. Juega con el control remoto de un televisor que emite una voz metálica difícil de traducir, en desacople con una imagen borrosa. A su alrededor, un sinfín de botellas y latas de cerveza y colillas de cigarrillo. Pido permiso para entrar. No responde. Me acerco pisando suave sobre la alfombra apiojada y pegajosa, espesa quizás, con toda la planta del pie y pausas largas entre pisadas.

- Señor Vázquez, soy de la firma ZAS, Zarate Argüello Syniori.....

- Sí sé quién sos. Deciles que se queden con todo.

- Vengo a preguntarle si quiere refinanciar la deuda. ¿Usted es el dueño de la camioneta patente...?

- Que ejecuten.

- Pero puede perder todo.

Se incorpora y estira los brazos. Suena sus dedos, uno por uno. Se acerca con determinación. Resaltan dos amarronadas ojeras y sus dientes amarillentos, grandes como granos de choclo. Su mirada es la de un animal iracundo. Lo tengo a menos de cinco centímetros, cara a cara, con su aliento seco y toda la intención de molerme a golpes.

- Ya perdí todo. Así que no vengas a rascar monedas donde solo hay miseria. No tengo nada que perder, ¿entendes?

Los ojos le van a explotar. Intenta sujetarme pero lo esquivo. Me alejo, le pido permiso y salgo del departamento. Mis manos son un charco. Las restriego contra el pantalón. Salto los escalones de a dos. La calle, los transeúntes, los alocados conductores que van de aquí para allá, no saben qué hace un par de minutos casi me amasijan. No tienen por qué saberlo. Respiro. Transpiro. Tomo el primer colectivo sentido a la ciudad. Encuentro asiento. A mi lado, la mujer del ascensor.

- ¿Lo vio a Vázquez?

- Sí. Me parece que no está en su mejor momento.

- Pobre hombre. Una desgracia. No llevaban el cinturón puesto. Una desgracia.

En el semáforo, dos tipos con disfraz de cocineros revolean cuchillas al aire. Tres, cuatro, cinco. Me distraen.

La tarde se apaga y la ventanilla está abierta. El frío entra y no avisa. La cierro con esfuerzo. Y tras el vidrio, caminando con pasos largos, graciosos, con un vaso de café en la mano, te veo. Entras con determinación en una galería. Y te pierdo. Pido me abran la puerta. Bajo con el coche en movimiento. Alcanzo el lugar, de oficinas, comercios, consultorios y estudios jurídicos, repartidos de un lado y de otro. ¿A cuál entraste? Parece un juego de ingenio. Toco el timbre en un estudio de fotografía, luego en un consultorio odontológico, en una empresa de servicios de limpieza, en un estudio jurídico contable, en una peluquería. Nada. Te esfumaste. O no: en el cesto de basura, al final del pasillo, aparece, como barca que se hunde en cámara lenta en un mar virulentamente calmo, un vaso de cartón amarillo, esos que te dan con café para llevar. Al frente, una puerta de vidrio: Interiorismo y Feng Shui.

Golpeo con timidez, como si estuviesen durmiendo. Me atiende un hombre de gestos suaves, vestido con ropas del mismo color, celeste quizá. Me mira de abajo a arriba. Se detiene en mis piernas, manchadas aún por el sudor en huellas de manos.

- Perdón. Busco a alguien.

- No entiendo.

- Sí, claro. Busco a una señorita alta, flaca, con el pelo largo.

- ¿De parte de quién?

- No me conoce.

- ¿Buscas a alguien que no te conoce? No la puedo llamar. Está en reunión con otros desconocidos.

Sarcasmo. Me cierra la puerta. Literalmente me echa. Vuelvo a la calle. Se me ocurre una idea. Pido un papel en el kiosco de revistas. También una lapicera. Escribo con letra grande y de imprenta: “TENGO TU PAÑUELO - 347-223490”. Vuelvo hasta la puerta vidriada y sin más, deslizo el mensaje por debajo. Asustado, excitado, que se yo, corro hasta la vereda y sigo hasta la esquina sin mirar atrás. Reviso el teléfono. Tengo una llamada de Robles. Me agito y me apoyo en un semáforo. Tengo el corazón en la boca.

Se incorpora y estira los brazos. Suena sus dedos, uno por uno. Se acerca con determinación. Resaltan dos amarronadas ojeras y sus dientes amarillentos, grandes como granos de choclo. Su mirada es la de un animal iracundo. Lo tengo a menos de cinco centímetros, cara a cara, con su aliento seco y toda la intención de molerme a golpes".