Tu nombre

Tu nombre

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

En los obituarios del periódico encontré tu nombre. Vaya paradoja pero, a razón de verdad, te delató tu segundo nombre, aquel que me confesaste en la ciudad, si mi memoria es fiel, durante el velorio de tu abuela materna. Lo leí entre gentes, algunos desconocidos, y me llamé al silencio. Me atraganté. Durante un par de eternos segundos no quise reconocerte, ahí, en la perversa lista que anuncia el final de los finales. Quise olvidarte impresa en un recuadro precedido por una cruz, pero la memoria no es complaciente. La memoria muestra lo que sabe y es uno el que decide adaptar, justificar, culpar, negar, algunas veces olvidar.

Habías muerto, así, sin más vueltas, treinta años después de nuestro encuentro en el barrio donde crecimos, allá en nuestra niñez, donde la vecindad era casi un vínculo de sangre. Las peleas y gritos en tu casa parecían nuestros, y entiendo que los que cada dos o tres días tenían a mis padres enfrentados, fueron tuyos. Vivíamos en casas de plan, más que pegadas, superpuestas, simulando la unidad de cada una en la pared medianera de ladrillos pintados con cal de mi lado, sin pintar del tuyo. Compartíamos la misma calle desolada y sin luces con nombre de ave exótica, en curva débil hacia la autopista; éramos testigos privilegiados del viento sur que entraba por el río en vendaval, bañando con perfume de eucaliptos todo cuanto tocaba; soñábamos con la radio siempre en tangos y radionovelas que daban pie a charlas interminables entre nuestras madres; fuimos nuestro primer beso, nuestro primer amor, alguna noche de semana, jueves quizás, para de repente y sin justicia, no saber más de nosotros. Hasta hoy. Leyendo la despedida ensayada pero no por ello menos dolida que publicaron tus compañeros de trabajo, recuperé sin mucho esfuerzo aquella promesa de perpetuidad, cerrada en aquel beso, el mejor de mi vida, seguido en el sincero e inconcebible “nos escapemos para vivir juntos”, iluminados en azul marino por la noche, repleta, desde que el mundo es mundo, por un singular e infinito número de estrellas, las mismas que hoy, en un par de horas, sabrán de mi soledad atormentada, de mi yo incompleto y porque no, de tu eterno y cruel abandono.

Habías muerto, así, sin más vueltas, treinta años después de nuestro encuentro en el barrio donde crecimos, allá en nuestra niñez, donde la vecindad era casi un vínculo de sangre".