Sopa de letras

Sopa de letras

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

El pasillo angosto y profundo se agota en dos puertas a noventa grados. Nos dijeron Séptimo H, remarca Carambula, mi compañero, el oriental. La que no tiene letra enfrenta al Séptimo G. Está entreabierta. Un recibidor rectangular, a pasos del comedor empapelado, recargado de portarretratos y números siete, más de una docena me atrevo a declarar, cocina abierta, pulcra, y dos pequeños cuartos al fondo. Huele a cigarro y a pis de gato. Los pisos, cerámicos y anaranjados, me recuerdan vagamente a la casa de estilo campestre de mis tíos frente al dique. Es un lugar oscuro. Carambula me indica, no sin asombro, la cantidad inusual de diarios amontonados sobre una mesa de arrime, de madera clara y patas curvas. A simple vista, calculo son más de cien, nacionales y provinciales, acomodados en siete fardos, atados con cordones de zapatillas. Sin tanto orden, pero uno sobre otro, se apilan las secciones “Ciencia y Salud”, “Nuevas Tecnologías”, “Internacionales”. Los obituarios también  comparten la peculiar colección. “Quien tenga información manejará el mundo”, se lee en calcomanías blancas con letras grandes pegadas en cada una de las paredes.

Debemos encerrarnos hasta que todo pase, ordenó el Alcalde, un ex empleado de bancos que, con astucia y discutida moral, escaló en menos de una década hacia la primera oficina de la ciudad. Lo ordenó y repitió mirando a cámara, sin inmutarse, con una biblia de tapas rojas a su derecha, y una taza de té en su mano útil.

En las primeras semanas, de acuerdo con los dichos de Viviana, su única hija, Beatriz se dedicó a informarse, a consumir todo aquello que tenga que ver con la rara enfermedad que tenía en vilo a toda la ciudad. Su padre había muerto por la gripe española y ella vivió en piel los funestos y desagradables detalles de su agonía y posterior entierro.

En mis manos tengo un cuaderno de espiral, escrito en casi todas sus hojas, incluso sobre la tapa, profanando la clásica ilustración con la cara de John Lennon. Líneas de tiempo, curvas de contagio, evolución real y posible, mandatos y reglas de actuación, planos que intentan cuevas “para salvarse” (sic), mapas del mundo a mano alzada, con los números de muertos en cada país, etc. Un gato salta silencioso sobre el sofá. Solo muestra el lomo atigrado y su cola en suave movimiento parece un junco al viento. Una lista de “previsiones” da comienzo a mi lectura:

“Tomar agua caliente dos veces al día; no salir (en caso de salir, no tener contacto CON NADIE ni caminar cerca de desconocidos); ventilar la casa solo de noche; no usar barbijo; no tomar agua caliente; ventilar la vivienda de día, no de noche; usar barbijo; de ver un murciélago, denunciar al 169; de ver un pangolín, denunciar al zoológico; tomar 0.50 gramos de paracetamol por día; desayunar sin lavarse los dientes; evitar comer carne; comer carne solamente; bañarse tres veces por día; no usar productos chinos; comprar por encargo; lavarse las manos con jabón de glicerina; no usar glicerina en las manos; no tomar agua de la canilla; comprar lavandina de marca, y diluirla 1/4 por litro de agua; evitar tocar picaportes; no usar guantes; limpiar la suela de los zapatos; no entrar con zapatos; usar guantes;...”

 La mujer, desmayada en el piso, viste camisón floreado, pantuflas, y sus manos se cubren con guantes negros de látex. Lleva puesta una máscara de las del tipo Segunda Guerra Mundial. Se la retiro y tomo el pulso. La acomodamos sobre unos almohadones y llamamos a la ambulancia.

En la mesa, un plato de sopa de letras, y en la cuchara, prolijamente apoyada sobre el mantel, podría leerse, con lograda imaginación, una palabra. Salvo por la letra C, las otras cuatro están alineadas. El teléfono celular no tiene clave. Carambula lo activa y lee en voz alta, imitando la voz de ambas:

 - Vivi, mi amor. ¡Se viene lo peor!

- Mamá, no estás bien. Salí de tu casa, vamos a caminar. Ya pasó todo hace más de un mes.

- Acabo de verlo. Se viene lo peor. En la sopa se formó la palabra.

- ¿Qué palabra?

- Ahí te mando una imagen.

Las fotos, adrede, son siete, “el” número, el todo y la nada (lejos, claro, de quienes reniegan de su perfección so pretexto del presagio en Apocalipsis 20:2). Todas movidas, salvo la primera. Viviana no responde.

Silencio. El gato se acerca en pasos lentos y sigilosos, zigzagueando entre las sillas, distinguido con un pequeño tapabocas de lana azul. -

En la mesa, un plato de sopa de letras, y en la cuchara, prolijamente apoyada sobre el mantel, podría leerse, con lograda imaginación, una palabra".