Sin nadie en este mundo

Sin nadie en este mundo

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

- ¿La de la foto sobre la estufa? Es mi abuela Lucía. Con más de noventa sigue en pie. Luci me cuida desde que nací. Yo le digo Luci y ella, a mí, Rulito. Es viuda desde los treinta. Es fuerte y vive con mucho entusiasmo, plena de vida y yo, por cumplir los dieciocho, me siento morir, quizás por recordar cada vez con más crudeza y cerca de mi cumpleaños, que soy huérfano de padres. En fin, con Luci nos tenemos el uno al otro, y eso nos hace sentir no tan solos. Somos una familia de dos, y ello es suficiente.

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- Nuestra vida se cuela todo el tiempo como viejas diapositivas, que se reparten y ordenan en mi cabeza, en sepia, el color triste si los hay. Las supongo en diapositivas porque del paso de una imagen a la otra, reconozco el sonido seco y los movimientos cortos de aquellas máquinas hoy olvidadas. Todas, acomodadas en un plano imaginario, la tienen a Luci como protagonista, y a mí, como perro callejero que sigue sus pasos y pide por su mano protectora. Me cocina y me duerme, me castiga y consuela, me cura y también me enseña a leer y a escribir. Viví, vivo y sobreviví por una sola razón: ella siempre está ahí, aquí, allá, adonde yo esté.

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- Ese cúmulo de imágenes, esa construcción incompleta y constante, también se alimenta de sueños y de alguna que otra pesadilla. Y hace dos veranos tuve, si mi memoria y juicio no me fallan, la peor de todas. Cada vez que la recuerdo me transpiran las manos, mirá, tócalas. También se me seca la boca, como en este momento. Transcurre en la playa, donde estamos los dos. Solo los dos. Corremos y remontamos un barrilete de tela blanca. De repente Luci detiene su marcha, se arrodilla, desploma y muere, y claro, me deja solo, sin nadie en este mundo. Miro alrededor. Soy un niño, no supero los diez años. Siento la soledad en toda mi piel, en mis huesos. Grito sin gritar. Puedo verme abriendo la boca, agitando mis brazos, llorando pero en inmenso y aterrador silencio. Alguien me ve y viene a mi ayuda, de entre algunas nubes casi negras. Es un sujeto alto, elegante y alado, con facciones humanas aunque muy angulosas, malvadas. Si: alado. Me acaricia y se arrodilla a su lado. Le toma las manos y le habla al oído. Le escucho decir: tenemos un pacto. De repente ella escupe una gran bocanada de aire y se incorpora. En ese momento despierto, empapado de sudor y llorando.

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- La pesadilla fue muy real. Recuerdo haberme orinado en la cama. Esa mañana, con mucha vergüenza, descalzo y temblando, subí la escalera en puntas de pie hasta la habitación de Luci, en el segundo piso. La alfombra, cómplice de mi plan, silenciaba mis pasos que esquivaban pequeñas manchas de humedad. Cuando quise entrar me detuve, agitado, con la respiración seca y vaporosa. No sabia si confesarle de mi accidente sobre las sabanas o, simplemente, corroborar que estaba viva. Y ella estaba ahí, viva, lo que no es poco y que ciertamente me llenó de alivio. Pude verla tras la puerta entreabierta, sentada en uno de los rincones de la habitación, reflejando su sombra sobre la pared, opacando y porque no, borrando unas acuarelas sin autor que colgaban inclinadas. Me impactó su figura delgada, encorvada, la ancianidad en su máxima expresión, aunque no tanto como dos manchas que nacían de su espalda, dos grandes cuerpos curvos. No sé ciertamente que eran, aunque parecían alas de piel reseca, definidas en sus bordes por infames y filosas garras.-

De repente Luci detiene su marcha, se arrodilla, desploma y muere, y claro, me deja solo, sin nadie en este mundo".

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