Nunca recibirás amor

Nunca recibirás amor

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

Nieve. Las sirenas ensordecen dando cuenta que la guerra alcanzó la frontera. Muchos corren a refugiarse, en vano ciertamente. Aquella mujer, la de vestido oscuro a lunares blancos, llora acongojada. Se sabe perdida, cobarde, nuevamente en soledad. Acaba de tomar razón de que el hombre al que ama y al que amó se dirige en pelotón hacia el frente de batalla, para defender los últimos pulsos del imperio. Una carta hubiese bastado, se reprime y lastima; una caricia quizás. La memoria le refresca una cruel verdad, palabras que supo escuchar cuando niña en boca de su abuela materna, otrora condenada a la locura y como ella, a la soledad. Las repite en silencio, caminando a la deriva, casi reptando. La barbarie y la muerte, indefectiblemente, están llegando.

Mi padre fue un hombre honrado y firme, trabajador, lejano, casi de cera. Su carácter devino de una dura crianza, de frialdad y cálculo, de exagerado poco apego. Nos dio lo que pudo y nos quiso a su manera. Pues bien, hace dos lunes, en la puerta de la Iglesia de la Misericordia se desvaneció. Un desmayo, pensamos. Pero nos equivocamos. En el velorio, de negro elegante, mi madre se acomodó junto al ataúd, disfrazando con velo sus pausadas lágrimas. Silenciosamente le acariciaba la cabeza, susurrando tres simples palabras.

Un descendiente de los Jim-Miu, desconocido por la historia universal pero no por ello menos importante, reclina su cuerpo vencido hasta caer de rodillas, ofreciéndose a sus antepasados, y como muchos de su dinastía, se duerme en un sangriento harakiri, diezmado por la traición de una mujer. Con el acero atravesado en su estómago y el metálico sabor de la sangre en boca, murmura su pena, se la reclama en tercera persona, a fin de mantener el honor.

- Debe saber usted que la enfermedad que lo aqueja es irreversible.

- E inevitable, doctor.

El paciente sonríe. Ambos lo hacen. Están de buen humor.

- Reconozco me sorprende que el deterioro de su salud avanzó en simultáneo con su última novela, en la cual, si mal no recuerdo usted me confiara, relata el sufrimiento de un enfermo terminal. Entonces...

El paciente interrumpe:

- Dos eslabones unidos entre sí, o miles de eslabones en unión, conceptualmente, son lo mismo: una cadena. Yo y mis textos somos una sola cosa.

- Y si no termina su trabajo: ¿Cree que la enfermedad se detendrá?

- Prefiero morir a dejar una novela inconclusa.

Rudyard Kipling concluye su obra, aunque muere sin publicarla. Algunos dicen llevaba por título tres palabras en duro texto.

El eje en frase de estas historias, grabado en la memoria de la mujer vestida a lunares, o en el susurro de mi madre, o en las palabras de un Samurai ofreciendo su vida, o titulando una novela en la Londres de principio del siglo XX, no tiene tiempo ni dueño, y por línea del azar y a modo de maldición, también a mí me persigue: NUNCA RECIBIRÁS AMOR. Reconozco me intriga desconocer la fecha exacta en que las pronunciaré, tanto como por quien lo haré. O lo que es peor y casi siniestro: quien las dirá por mí.-