Miguel el perro de

Miguel el perro de

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

En algún punto se deshacen los sueños, como el agua en el agua...” JLB

Ilustración: María José Albo

El perro de Miguel estaba ciertamente feliz. Jugaba con otro perro, desconocido, color ladrillo, algo más corpulento que él. Los dos se divertían, literalmente sin límites: mordían y lastimaban con sus uñas negras y curvas los almohadones del sofá; orinaban con fresca libertad la alfombra de pelo largo; destrozaban las revistas y diarios prolijamente ordenadas en la sala; comían los restos de la cena de la noche anterior sobre la mesa; saltaban del suelo a la cama sin descanso; ladraban a falta de sonrisa. En un descanso, el perro de Miguel notó en su amigo algo que lo diferenciaba del común de los perros, por lo menos de los perros que él conocía. No eran sus orejas, ya que, aunque mas largas que las suyas, nacían desde la parte alta de la cabeza como las de todos los perros. No era tampoco su hocico, largo y puntiagudo, similar al del perro de la casa de al lado. A poco de analizar, notó que la diferencia estaba en sus patas traseras: su nuevo amigo calzaba pantuflas cuadriculadas, parecidas a las de Miguel, su amo. No le dio mayor importancia al detalle, y siguieron jugando.

En lo mejor del juego la puerta del cuarto se abrió ruidosa y el perro de Miguel entreabrió los ojos, bostezó con naturaleza y su lengua se estiró como un interminable tobogán rosado. Despierto, vio las pantuflas de su nuevo amigo acercándosele. Su cola marcaba contra la ventana un tímido tic tac, cuando de repente, una línea de fuego le quemó el lomo. Fueron dos, y tres, y cinco, y veinte, y treinta o quizás menos, y la sangre coloreó la soga, y el rojo salpicó la cama. Las estrellas que guiñaban desde afuera se esfumaron, y aquel tic tac, como la noche de oscuro cuerpo, comenzó a desaparecer.

La ira del amo desatada sobre el animal desafió y venció a las reglas de la realidad, y los personajes y la soga y el tiempo se enemistaron, posiblemente sin saberlo, y casi con extraña lógica aparecieron nuevas variantes, se revelaron opuestas simetrías. La soga, entre que iba y lastimaba y volvía enrojecida, perdía la forma, o ganaba una nueva, un aspecto más complejo. Se engrosó no en un instante, y su extremo se abrió en cinco cuerdas, logrando lentamente humanidad. Así, el último voleo no fue violento ni mucho menos, sino suave y cálido, ya no una soga iracunda, sino una mano comprensiva y algo afligida sobre la cabeza en sangre del animal. Alrededor, en todos y cada uno de los rincones de la habitación, se escuchó un chillido, un débil llanto. Alguno de los dos lloraba a su amigo, que ya no estaba, o que acaso jamás estuvo, pues quizás todo se debió a los caprichos de un sueño aciago. La mano que fue soga desapareció.

Por poco se borraba en la nueva madrugada la luna llena, y desde la habitación principal llamaron a Miguel. Con la nariz helada y ya el diario entre sus dientes, subió presuroso la escalera, moviendo efusivamente la cola.-

Su cola marcaba contra la ventana un tímido tic tac, cuando de repente, una línea de fuego le quemó el lomo."