¿Me puedo ir?

¿Me puedo ir?

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

- ..... ¿Quiere le repita mi nombre? Si, como no. Inocencio José Negrelli. ¿Mi edad? 62 años, del 12 de marzo de 1919. Inocencio por el día, ¿vio? ¿A quién le tengo que hablar: a los tres, o solo a uno? A usted, bien. ¿Tribunal es por qué están ahí, en una tribuna? Perdón, si, continúo. Estoy casado y viudo, somos quince hermanos. ¿Cómo? Ah, sí, casado con mi difunta esposa. Nunca volví a mirar mujer. Viudo entonces. Le decía que somos quince hermanos. Perdón, éramos, ya que hoy quedamos Matilde, del 12 de abril, Rosendo del 1ro de marzo y Lucas, el menor, del 18 de octubre. Mi mujer falleció hace ya unos veinte años, pero... perdón. SÍ, lo entiendo. Les decía que soy nacido en Las Dunas. Y ahí moriré. Siempre fue un pueblo tranquilo, de paso y bien gracias. Pero últimamente se puso de moda. Y se llenó de ruidos y turistas. Y de autos ni que hablar. Van y vienen esas camionetas del demonio. El otro día se pusieron a correr carreras en la costa. ¿Quieren que les diga sobre la niña? ¿Milagros se llama? Pobrecita mi alma. Pero yo no la maté. Solo la vi morir. Eso ya se lo expliqué a la milicada cuando me fueron a buscar. Me dieron con todo. Me gritaban: ¡Qué hiciste Inocencio, qué hiciste! Nada che, les respondía yo, pero no me creyeron y me cagaron a golpes. Miren mi espalda. ¿Se las muestro? ¿Después? Ah, bien. Entonces ese día yo salí a pescar, como todos los jueves. Los jueves son días lindos. Pocas aves, mar calmo. ¿Qué fui a pescar? En realidad no fui a pescar para comer. Estaba hace años con ganas de regalarle una espada a Vicente. Perdón, claro, Vicente es mi sobrino, que se recibió el último día de octubre del año pasado, de mecánico e ingeniero. ¿Ingeniero mecánico se dice? Gracias. Les decía que salí a pescarlo solo, como se debe, para después dormirlo y embalsamarlo. Sí, siempre fui de pescar, y casi siempre solo. Antes íbamos con Ordóñez, el finado. Con su radio alcanzaba tango. Les recomiendo pesquen con tango. Trae suerte. Si, la niña. Les decía que cuando salí de mañana, la niña ya estaba jugando en la orilla. Solita. Con un barrilete o un globo. ¡Pelirroja había sido! Tenía rulos en cantidad. Desde la lancha se la veía corretear de un lado a otro. Hasta que la perdí. Ya había anclado y tirado la red, por si acaso, porque no iba a pescar para comer. Fui por la sorpresa para Vicente. Pero se fueron clavando ahí, la mayoría chanchitos y brótolas. Así que aproveché la buena. Los desenganchaba y al balde. ¡Y se apareció el espada, nomás! De un metro o más. Hermoso, azul, movedizo, fuerte, decidido a pelear, y comenzó a saltar. Salía del agua, se sacudía y caí nuevamente. El lomo pegaba en el agua, como aplausos. En un momento se me metió a la lancha y con la punta me arruinó el motor. Toda una vida de pescador. Nada que no supiese manejar. ¿Qué cómo volví a la orilla? Remando. Ya no tengo treinta pero me sobra oficio. Dos remadas largas y una corta. Así de fácil. Siempre hay que salir con un par de remos y una petaca. Les decía que a una media legua vi cómo el mar jugaba con algo colorido, cerca de las piedras. Parecía una enorme flor, roja, celeste, amarilla y muchos más y todos mezclados. Me acerqué de a poco, midiendo las remadas. Juro que lo que vi fue hermoso. Si, era la niña. ¿Milagros? El colorado de sus rulos, el celeste del abrigo, los zapatitos o botitas a cuadros, su carita pálida y llena de pecas. ¡Tenía ojos azules! No los cerró nunca. Como en cámara lenta se hundió de a poco. Su cuerpo le ganaba al flote. Me miraba y yo la miraba. Yo lloraba y ella, no sé. Era hermosa. Un angelito. Después entendí que estaba muerta. No la ayudé porque no pude. Se movía suavemente, de a poco, y se perdía en el fondo, hasta que desapareció. Y como si alguien me hubiese engualichado, seguí remando. Hice costa, amarré despacio y me fui hasta la casa. Son tres cuadras, más o menos. Dejé el balde en la heladera y estiré el espada en el tablón. Esa noche no cené. Tenía la barriga cerrada. Me dormí en al patio, al lado del fogón. Siempre está prendido. Al otro día el ruido de gente era insoportable. Sirenas, bomberos, Rudo, los vecinos. ¿Rudo? Es el cura. De Formosa vino. Medio raro el tipo. Pijotero en el Truco. Ah, claro. Ahí fue cuando fui a contarles que la había visto en el mar, hundida. A la tarde la encontraron, y no supe nada más. Después vinieron los milicos y me cagaron a palos y después aquí.

... ¿Mis últimas palabras? ¿Ahora? Que soy creyente, bien criado, pescador, que ese día yo fui a buscar un espada para Vicente, mi sobrino, y que Dios me enseñó la imagen más hermosa que nunca antes vi. Que le rezo todas las mañanas para que la cuide, y que los ilumine a ustedes, porque yo no la maté. Yo solo la vi morir. Nada más, señor Juez, señores jueces........ ¿Me puedo ir?

¿Milagros? El colorado de sus rulos, el celeste del abrigo, los zapatitos o botitas a cuadros, su carita pálida y llena de pecas. ¡Tenía ojos azules! No los cerró nunca. Como en cámara lenta se hundió de a poco.