Más negro que azul

Más negro que azul

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

1

- En las escuelas lo pintan azul para diferenciarlo de la noche. Yo, que nací en un bergantín, sé que lo que les digo es cierto. Es negro, muy negro.

Mi padre, marinero e irlandés, siempre repetía lo mismo. Nunca le presté atención como para corroborarlo, hasta ayer tarde, cuando el cielo rompió su monotonía y oscureció de repente en un espejo, en un enorme pizarrón oscuro. De a poco se cargaba de remolinos, verticales, oblicuos, curvos, de muchas formas que convergían en varios puntos azarosos, los más, cerca de la costa. Entre todos sacudían el agua de un lado y del otro, separándola en densas capas espumosas, que rompían como gigantescas palmas; ruidosos y magníficos aplausos, ensordecedores. En la calle las farolas pestañeaban y flameaban como si fuesen juncos en fila con luces en sus elevadas puntas. De pronto, como hace mucho tiempo sucede por aquí, la tormenta perdió fuerzas, la gran nube se deshizo en muchas pequeños manojos parecidos al algodón, y el viento, sin más, se disipó. El sol apareció al oeste, suave, tímido, aclarando todo el horizonte. Y allí estaba él, de espaldas a casa. Un niño de unos siete o diez años, vestido con piloto rojo, pantalones de gimnasia, botas de goma también rojas y gorro marinero celeste y blanco. Caminaba en un ir y venir de hombre mayor. Puede que haya perdido su pelota, pensé. O un barquito de papel. En fin, un niño desconocido, vestido de marinero a media mañana y a la orilla de un mar minutos atrás iracundo, aguardaba en la costa.

2

El reloj en la cocina marca las siete de la tarde. Preparo un café cargado y desde afuera de casa me alcanzan voces y ruidos, típicos de una discusión. Son dos policías y unos cinco o seis vecinos que rodean al niño. Se retrae y aferra en una palmera para evitar lo saquen del lugar. Me acerco. Y si bien me siento un forastero, agresivamente forastero, reconozco que en ciertas situaciones me tratan con demasiado decoro, casi en tono de burla. 

- Como le va, Doctor. Disculpe lo molestemos. Sucede que este niño dice esperar a su abuelo. Dice salió a pescar. Y no quiere acompañarnos a la comisaría. Ahí va a estar más seguro.

- ¿Cuándo debía regresar?

Le pregunto, me mira y responde.

- Salió ayer al mediodía.

- ¿Cuál es tu nombre?

- Javier.

- ¿Y cómo se llama tu abuelo? 

- Oscar.

El pequeño comienza a llorar. Su abuelo es pescador; viven juntos en las afueras de Garzón, y es el único pariente que tiene. Lo describe alto, calvo y con pocos dientes. Usa lentes grandes y marrones. Viste pantalón marrón con tiradores y musculosa. Convenzo a los oficiales que me permitan llevarlo a casa. El niño sigue mis pasos sin dejar de mirarlos. Le presto el baño y mientras tanto, preparo una merienda con fuerza de cena. Le ofrezco el sillón para descanso. Agradece y vuelve a la arena. Se acomoda debajo de una farola que ilumina en haz abierto. Cae la noche y aparece la lluvia, convencional, civilizada.

3

La mañana nace de repente. Leo los mails y organizo la agenda. Por la ventana el día se muestra despejado, y el pequeño ya no está. Su ausencia me tranquiliza. Seguramente regresó a casa con el viejo, sano y salvo. ¿Y si el mar lo convenció de ir por él? Ambas opciones me angustian, y decido salir a buscarlo. Esa masa espumosa, o por lo menos la que yo conozco, no devuelve a todo el que lo visita, y cuando lo hace, lo vomita frío, tarde y putrefacto. Camino bordeando la costa hasta el puerto. Los trabajos de reparación y remolque no dan tregua. Volviendo a casa encuentro las botas rojas de Javier tapadas por la arena. En su interior, un par de gafas marrones, grandes y con solo uno de sus cristales, enruladas en verdes algas. Sin razón alguna miro hacia la escollera. En inquieto movimiento y golpeando contra las piedras, se distingue una mancha celeste y blanca, flotando a la deriva. Parece ser un pequeño gorro, un típico e inconfundible gorro de marinero. Resalta contra el mar, no azul, sino negro y profundo.-

Y allí estaba él, de espaldas a casa. Un niño de unos siete o diez años, vestido con piloto rojo, pantalones de gimnasia, botas de goma también rojas y gorro marinero celeste y blanco".