28 de noviembre de 2021

La Posta

La frustración

La frustración

por

Lic. Laura Altea

Psicóloga. Magister en Comunicación y Educación. Especialista en Evaluación y Diagnóstico .

#Psicología

Imagen: Abdul Momin

Casi como una cuestión constitutiva del ser humano, habita en él la capacidad de desear,  como motor e impulsor a metas, proyectos, vínculos. El deseo reside en su interior amarrándolo a la vida,  a pesar de  los sinuosos trayectos en ella mutables y cambiantes.

Desde los primeros momentos de nuestra existencia deseamos; anhelamos cosas, personas, eventos, que más tarde van mutando y complejizándose en contenido a medida que crecemos y atravesamos por diversas etapas vitales. Deseos conscientes e inconscientes actúan  encauzando la vida, mediante búsquedas de eso que se considera nos complacerá.

Como el tango que canta sobre el amor, pero al fin y al cabo es aplicable a tantas cosas:

"...Uno busca lleno de esperanzas
El camino que los sueños prometieron a sus ansias
Sabe que la lucha es cruel y es mucha
Pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina..."
 (E. S. Discépolo)

Uno se imagina un plan, en algunos casos incluso estimando tiempos, para lo que fuera; recibirse, tener una casa, un hijo, terminar tal o cual cosa, cronometrando realidades con una dosis de ilusión de control. En ocasiones como meta autoimpuesta y otras como correlato de lo que debería ser desde el orden social. Sea como fuere, las más de las veces, la realidad no responde al plan tal como lo pensado. Hay una distancia significativa entre lo deseado y lo obtenido.

¿Qué pasa cuando no se llega a esa meta; cuando no se satisface ese deseo? Estos son los momentos y situaciones en los que se debe lidiar con la frustración, a veces un poco más parecida al enojo, otros a la tristeza. Con diferentes rostros, las maneras de atravesarla son singulares.

Necesario proceso para admitir que lo que era y había adquirido noción de realidad en nuestra fantasía, no será, no al menos tal como lo habíamos imaginado. Aceptar que no obtuvimos los resultados que anhelamos implica una pérdida, para ello es importante entender, pero no es suficiente, no bastan las explicaciones lógicas y razonamientos, la comprensión de las causas y efectos, verlo solo de esta manera es un reduccionismo simplista de los procesos profundos del psiquismo.

Aceptar es mucho más hondo, ya que implica atravesar por las emociones que acompañan la frustración, de aspectos y fantasías que están muriendo, lo que es doloroso, ya que no solo se derrumba el plan e ilusión previa, sino también esa parte de nosotros identificada con esa meta. La encrucijada es aceptar lo que no fue y poder recibir  lo que no planeamos, lo que nos es ajeno hasta ese momento y que por lo tanto, resulta desconcertante.

El vacío de ese deseo insatisfecho se llena entonces con lo desconocido, por lo que probablemente también puede surgir el temor en nuestro interior. Tolerar ese pasaje de no saber qué sigue y la caída de esta ilusión de control, es arreglárselas con el desajuste que hay entre lo fantaseado y la realidad, lo cual, permite reformular nuestro mapa interior, nuestros deseos, los planes ante este nuevo y desconocido paisaje. Es ahí, donde se halla latente nuestra potencia, el deseo que resurge como ave fénix a fin de trasladarse a nuevas cosas, nuevos sueños o proyectos. Lo que no pasa de la noche a la mañana, no sin antes haber transitado por los matices de la frustración.

Borges me ayuda a explicarlo  cuando dice “Te has despertado no desde el sueño, sino a un sueño anterior, y ese sueño se encuentra dentro de otro, y así sucesivamente, hasta el infinito, que es el número de granos de arena. El camino que debes tomar es interminable”.

Tolerar que las cosas no salgan como lo planeado conlleva, entonces, a un movimiento hacia lo impensado, si es que permitimos que la capacidad creativa y deseante se abra paso, lejos de la adaptación pasiva y resignación. De este modo se movilizará y hará recircular la libido direccionándose a nuevos móviles de vida…. potencialmente frustrantes, por supuesto: aquí reside la dicotomía del empuje y aspereza de vivir.

La encrucijada es aceptar lo que no fue y poder recibir  lo que no planeamos, lo que nos es ajeno hasta ese momento y que por lo tanto, resulta desconcertante". 

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