El otro lado del jardín

El otro lado del jardín

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Ilustración: María José Albo

Un sol piadoso cae de pleno sobre los campos llanos y fértiles que invaden y diluyen, sin decoro premeditado, la frontera con Entre Ríos. Por tras la ventanilla observa cada detalle, quizás sin quererlo. Verdes amarillentos, azules anodinos, sombras bajas, parejas y también trémulas. El coche pago lo deja a tiempo y en tiempo, en consonancia con el eslogan de la empresa. Camina no más de un kilómetro hasta toparse con la única sala de fines del siglo XIX que seguía en pie. A sus zapatos negros empolvados les resta importancia. Al cruzar la tranquera, una línea perfumada de aire nuevo lo invade, lo conmueve, desde un cúmulo incontable de recuerdos trenzados, inevitables. Se ve joven, fuerte, trabajador, con ropas de fajina y manos ampolladas. Recuerda los comienzos en el arduo trabajo del arroz; las tardes de sueños y de inalcanzable progreso; los mates amargos a la sombra de viejos sauces; las cosechas de fines de verano, las buenas con festejos y las pobres, entre exagerados reclamos y malos tratos. No puede evitar volver al amor, prohibido y distante, a la infame espina que anida en algún rincón de su corazón, al tesoro escondido tras los muros infranqueables que mantienen distancia entre clases sociales. A fin de cuentas, a ella y su límpida imagen. La preferida del patrón, la razón de su retorno.

Camina pausado hacia las puertas imponentes de la casona. En uno de sus bolsillos guarda la invitación, a fin de ratificar el peso específico y perverso de la invisible verdad que trabaja sutilmente la distancia.

Un hombre sin arrugas pero de pies cansinos, incapaz en estos días de dar el paso correcto. Así se ve a sí mismo. Sin golpear se adentra en la fastuosa mansión, la que supo conocer. La escalera central, exagerada; los pisos de mármol europeo; las tantas puertas enfrentadas; los techos altos; la lámpara principal, de mil o más piezas. Todo coloreado por los estratégicos losanges en colores, violáceos, anaranjados, algún celeste, que ganaban vida con los rayos del oeste.

Sube los escalones, uno por uno, acariciando el barral de madera, cerrando los ojos, buscando recuerdos, buscándose. En el primer piso lo enfrenta la sala de estudio, hoy alfombrada. Ya no lo asustan las cabezas de jabalíes y ciervos colgadas como trofeos, las que dan cuenta de la sobrada cobardía de Don Luis de Velarde, enterrado con muy mal gusto en esas tierras, a un par de leguas de distancia. Su hija, la menor de tres hermanas y quien fuera el amor de su vida, lo espera para contestarle, entre aromas a cedro y té importado, cara a cara, las líneas que tímidamente y sin correcciones le remitió en hoja lisa, sobre blanco y sin estampilla. La mujer, aún hermosa, con su cara suave, vestido de ocasión, peinada sin esmero y aquellos ojos algo caídos pero verdes boreales, lo recibe con un descuidado “como estas”. El cigarrillo emboquillado no pasa desapercibido. Incorporada al lado del sillón de estilo comienza a hablar. Su monólogo gira en tres o cuatro ideas:  “nunca te amé”, “aquella noche no sé en que estaba pensando”; “somos diferentes”; “nunca supe como decírtelo”. A cada palabra la escucha sin levantar la vista del suelo. A cada una las sufre como puñales al rojo vivo abriéndole sin pausa la carne. Mira sus manos, tímidamente. Las nota blanquecinas y sudadas. Las refriega en el pantalón de grafa; reconoce un bulto enganchado de su cinturón de soga. Instintivamente lo empuña. Matar no encaja con sus valores cristianos, y mucho menos si la víctima será la mujer que ama desde sus años primeros. Sabe o intuye que quitar una vida es, por lo menos, un acto inmoral, aún cuando desconoce la inmoralidad.

La adversidad que en esos minutos debe sortear para evitar las densas figuraciones del rechazo, del desencanto,  de la cruda verdad, del incisivo desaliento, lo llevan a buscar, a decir de Wilde, el otro lado del jardín. La fuerza sobre el gatillo vence el resorte de traba; el plomo, fugaz y certero, hace blanco sin reparos.

Las luces del atardecer pintan el interior de la casona, en simultáneo con la mancha espesa de sangre que corrompe la fina trama alfombrada. De pie, sin culpa, inmutable, ahoga el cigarrillo en los restos de un té oscuro y frío. Bajo orden de silencio estricto, el jardinero se encargará del cadáver antes del alba.-

A cada palabra la escucha sin levantar la vista del suelo. A cada una las sufre como puñales al rojo vivo abriéndole sin pausa la carne. Mira sus manos, tímidamente. Las nota blanquecinas y sudadas".

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