De color rojo oscuro

De color rojo oscuro

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

Estamos hechos de memoria, y esta, paradójicamente, está hecha de olvidos. Palabras leídas en un almanaque sobre la mesa en la sala de espera del odontólogo.

- Borges. Un tipo genial.

Lo dice una mujer mayor, con peinado inflado, gafas nacaradas y bolsa de tejido a sus pies. Se estira con esfuerzo. Agarra el almanaque y busca otra frase. Chasquea sus dedos, en símbolo de haberla encontrado. Letras amarillas impresas sobre una foto en blanco y negro, creo, el cementerio de la Recoleta. Lo lee para los dos:

- Junio: Yo no hablo de venganzas ni de perdones. El olvido es la única venganza y el único perdón. Una exquisitez.

Aplaudo suave, dos, tres veces, a modo de reconocimiento. Me llaman por mi apellido, el que retumba en la sala. Es mi turno.

La memoria. Aquella frase. Mi padre y su lapicera favorita. Yo y mi muela recién parchada con una pasta sabor a eucalipto. Todo eso en mi cabeza.

Y sí, la memoria es arbitraria, pues no es más ni menos que el conjunto de pequeñas marcas que trazan de manera azarosa el extenso cúmulo de olvidos. Todos creemos que lo que recordamos es importante, y lo que no, no. Pero cuando el olvido toma protagonismo, la cosa cambia.

Desde aquel día en el odontólogo y apenas subí al avión para ir a visitar a mi padre enfermo, quise recordar cómo era su lapicera. La de mi padre. Alguien podrá argumentar que la memoria no tiene porqué, en su profundidad, tener registro de una lapicera que no había visto desde hacía más de diez años. Pero esa lapicera era algo especial para él. Y lo especial para un ser especial, dos veces especial. Recuerdo detalles circundantes, como su pulcritud, o la almohadilla con molde donde reposaba, al costado de unos blocks de hojas en el viejo escritorio. Recuerdo también que, según sus palabras, fue un regalo de su padre al regreso de Europa para su cumpleaños número doce.

El avión, literalmente, rebotó contra la pista. Los ridículos de siempre aplaudieron, tapando el mensaje por parlantes del piloto, donde informaba la hora y el clima en el lugar, y habilitaba el uso del celular. Yo solo quería bajar.

Antes de ir por el sanatorio pasé por su casa. El mismo olor a madera, el mismo ruido al abrirse la puerta, la misma sensación de ambiente cerrado, el clásico cuadro de Noe, las flores secas en dos floreros de cerámica o porcelana. Todo un plano que guardaba casi de manera exacta en mi cabeza.

La escalera central que subía hasta su oficina parecía más pequeña. A cada escalón le seguía un leve crujido, incómodo e inevitable. La puerta estaba abierta. En el perchero, su traje gris escoltaba el gran sillón, ocupado burdamente por su portafolio de cuero negro. El estudio estaba idéntico, salvo por la pequeña claraboya en la pared que daba a la calle. Busqué la lapicera y no la encontré. No recordaba si era de pluma o de punta, de qué color, si tenía detalles en oro o eran de otro metal, o si simplemente no los tenía. Necesitaba encontrarla y verla y sopesarla, acariciar su textura, sentir en mi pulso la cadencia de su trazo. Caprichos de la memoria o juego perverso del olvido.

En ese momento aparecieron mi hermana y mi madre. Nos abrazamos. Lloramos. Alguien dijo algo, inentendible, entre lágrimas. Bajamos abrazados, almorzamos algo rápido y me recosté en el sofá. Cuando desperté noté que habían salido. Me duché y fui a verlo.

En el camino vi un camión de helados, blanco y celeste, como aquellos que recorrían las calles en el barrio por las siestas con música y ofertas. Me detuve y reconozco, con algo de vergüenza, pedí uno de dulce de leche. Cerré los ojos y quise ver a mi padre a mi lado. No lo logré.

- Murió.

Sin mirarme, mi madre lo repitió.

- Murió.

Una sola palabra. Cinco letras. La angustia y el dolor en su máxima expresión. Creo que me arrodillé. O me senté. Perdí noción del tiempo. Solo sabía que estaba en un pasillo dentro de un inmenso y olvidado sanatorio. Nada más. Un hombre mayor se acercó y ayudó a incorporarme. No sé quién era, pero lo abracé y rompí en llanto. Me acompañó, me contuvo. Me preguntó mi nombre. Jorge, dije entre lágrimas y mocos.

- Saul, el enfermero. Tu padre me pidió te entregue este sobre.

Grande, de papel madera. En su interior, una carta de puño y letra en hoja rayada. Pocas e inmensas palabras, agradecimientos y consejos, el amor a mí y a mi hermana. En el fondo del sobre, un objeto alargado, con peso propio, envuelto prolijamente en un paño de color rojo oscuro.-

Ilustración: María José Albo

Y sí, la memoria es arbitraria, pues no es más ni menos que el conjunto de pequeñas marcas que trazan de manera azarosa el extenso cúmulo de olvidos. Todos creemos que lo que recordamos es importante, y lo que no, no. Pero cuando el olvido toma protagonismo, la cosa cambia".