Como perro de calle

Como perro de calle

por

Nicolás Módena

Lector, algo observador, libre pensador, digno padre, olvidable escritor. Todo, habiendo sido abogado.

#FicciónConRelieve

¿Lloverá? Recostado y contando minutos, leyendo sin leer, me imagino llegando a aquella calle sin nombre, exhausto, empapado, ilusionado y creo, aún enamorado. Imagino, ciertamente, volver a verte.-

Ilustración: María José Albo

Te vi parada, indiferente, despeinada y hermosa en una esquina cualquiera y desde ese día, dormir me es casi imposible. Despierto por las noches, arrebatado, solo, o peor: solito. No lo entiendo: pasaron largas semanas, y los desplantes de insomnio tienen como protagonista a la misma persona: vos. No quiero reconocerlo, o no debo, pero quizás me hayas enamorado. Vos y la oscuridad no son un detalle cuando el sueño desaparece. Y las noches no lo saben, y se agotan sin pausa ni pacto hasta que el despertador lo decide, en música suave, en gastada melodía clásica, y como todas las mañanas, mal dormido, me incorporo aturdido. Seis y media, escucho en mi cabeza. Mi voz, en complicidad con mis labios resecos, me lo recuerda. Estiro las piernas y arqueo mi espalda, para un costado, y a los segundos, para el otro. Me acurruco y juro, como si fuese a creerme o peor, sabiendo que no cumpliré, que los próximos cinco minutos de sueño me son indispensables. Los dedos de mis pies se tensan, se abren, se separan, como queriendo despegarse. Alguna vez lo soñé: estoy durmiendo y me aqueja una inmunda sensación, la de mi sangre húmeda y pegajosa, como tinta fresca que me sujeta y empantana sutilmente a las sábanas. Mientras más quiero liberarme, más me enrollo. Por el pasillo que da a la cocina se arrastran, escapando de un pie truco que supo ser su carcelero. Me incorporo y me desplomo, caigo seco, y despierto de golpe.

El ritual de la mañana: café, la corbata ya anudada, Poe, mi soledad, me tienen a mal traer. ¿Cuánto falta para que todo desaparezca? ¿No se supone que el sentido primario y fundante de la vida es buscar la felicidad? “Quien tolera el desorden para evitar la guerra, tendrá desorden y tendrá guerra”, leo en una hoja impresa y pegada con imanes de ciudad centroamericana en la puerta de la heladera. Estoy tolerando el desorden en esta cabeza, en mi corazón, estúpido y automatizado por cierto, y por ello, es inevitable la guerra. Ahora, vale preguntarse: ¿contra quién? Contra mí, obvio. Silencio. Espantoso silencio. Giro. De repente hablo. No busques la felicidad cuando sabes que nunca serás feliz, le digo al tipejo que me imita en uno de los vidrios empañados de la ventana que da al patio, descuidado hace ya varios años.

Camino sin ritmo. En la esquina, tu esquina, o la nuestra, solo veo manchas con formas de siluetas, humeantes, obnubiladas, desordenadas, de aquí para allá, como hormigas que perdieron a su Reina. No está la Reina, me digo. Tampoco estás vos, lo que para mí es igualmente devastador.

La oficina, el viejo Archivo Municipal, está cerrada. Me siento en una de las bancas de la entrada a la espera de quien tenga llaves. Los pasos de tacos, de media suela, de botas de lluvia, comienzan a trinar, como cuando se acerca un enjambre. El primero que aparece en la “milla verde” es Robles. Se arrastra, lento, gracioso. Su sombra se achica. Aparecen sus facciones de hombre acabado. Lo veo y recuerdo mi primer día de trabajo. El contador de la empresa, un tal Zarate, fumaba y describía, a modo de presentación curricular, a cada uno de los que llegaba.

- ¿Puede usted ver a aquel hombre? El de traje a rayas oscuro y corbata desgastada, el que arrastra su pie izquierdo.

Silencio. Lo identifico con un gesto labial.

- Si, ese. La polio le pegó de frente. Pobre. Bueno, digamos que es un tipo común, de esos qué pasan desapercibidos entre otros tan comunes como él.

- ¿Y qué significa ser un tipo común?

- Vivimos en la modernidad, muchacho, ¿estamos de acuerdo? Pues bien: ¿eso implica que todos somos modernos? ¡Na na na! Y mucho menos Robles. Robles es un intruso en la modernidad. Es un tipo común. Peligrosamente común.

- Mucho viento afuera, nene.

- Buen día, Robles.

- Mucho viento.

Un ritual con las llaves, una docena o más que deforman la pequeña argolla enrulada y metálica. Prueba una por una, como si fuese nuevo en este trabajo. Me desespera. ¿Llegaré a ser un tipo tan deprimente? Alguna vez tuve la idea que, en un impredecible instante y sin saberlo, nos transformamos en un solo modelo de ser humano para siempre. Y a esa idea la he bloqueado cada vez que apareció en mi cabeza. No quisiera ser un tipo común. No quisiera ser Robles.

La puerta principal del edificio repica en un gutural estallido, mientras flamea y rebota contra la pared. No se distingue el ruido del eco que este provoca. Corro para cerrarla. La calle es un cuadro opaco en movimiento: hojas resecas, pedazos de ramas, agua en filosos trazos, bolsas de basura. Todos objetos flotando en un cielo  de plomo que no se rehúsa a aparecer en celeste. Entre ellos, un destello de colores. Baila, como si fuese una pluma, o una pequeña bailarina sin público. Me distrae. Se mueve en círculos y de repente dispara hacia arriba. Comienza a bajar, y se acerca tímido, como perro de calle que no sabe si recibirá una palmada o el maltrato cotidiano. Es un pañuelo de liviana seda, empapado, color tiza con pequeñas flores azules y verdes, también turquesas, desordenadas a propósito, en diseño actual, que se anuda a la antena telescópica de un auto estacionado, anguloso, largo, de los de antes. Se anuda de golpe y por obra de la casualidad. Lo desengancho con cuidado. Lo hago un bollo y lo meto al bolsillo.

El viento no tiene dueño, y las hojas, dicen, son de él; el pañuelo, parecido al que llevabas el otro día, ese que tan bien te quedaba, espero que sea el tuyo; el auto viejo, descuidado, con dos dados morados y de terciopelo colgando del espejo y una grotesca calcomanía del Italpark en la luneta, seguramente es de Robles.-

Se mueve en círculos y de repente dispara hacia arriba. Comienza a bajar, y se acerca tímido, como perro de calle que no sabe si recibirá una palmada o el maltrato cotidiano. Es un pañuelo de liviana seda..."