27 de octubre de 2021

Almacén

Salud, divino tesoro

Salud, divino tesoro

por

Raquel Abraham

Periodista y comunicadora. Amo contar historias y mostrar el brillo de cada persona que entrevisto.

Fotos: Ollie Wright

#Editorial

Flor Mallagray
Raquel Abraham, directora editorial.

Mucho hablamos en Revista Che de encontrar el sentido, significado, entidad de la felicidad, y lo cierto es que (y perdón por el reduccionismo alevoso), la felicidad es simplemente estar vivos. Es respirar y sentir cómo el aire entibia nuestras fosas nasales e infla los pulmones. Es calmar la sed con agua fresca y reconfortar la garganta con un té calentito. Es inhalar el perfume de las flores y las frutas recién cosechadas. Es caminar o correr rodeado de naturaleza y disfrutar de la tensión de nuestros músculos. Es es acariciar un animal, abrazar a un niño, besar a la persona amada. Es reír y llorar. ¿Y cuánto sale todo eso? Es gratis y está servido para todos.

Y traigo a colación en la editorial de marzo esta obviedad, porque la verdad, no es tan obvia, o solo es obvia cuando perdemos las capacidades arriba mencionadas. Y es un poco lo que me pasó en estas últimas semanas, en las que finalmente, llegó el maldito y temido virus a mi organismo y sacudió todo mi mundo (y el de mi familia, claro).

Y si bien todavía estoy en plena batalla de recuperación (no era tan sencillo como creía y eso que tuve síntomas leves), ya pasó la peor tormenta y puedo mirar hoy con cierta perspectiva y hasta reírme un poquito de algunos momentos tragicómicos, porque ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos mirarnos y revisarnos con humor?

Así que si me permiten, procederé a narrar una crónica de cómo fueron los fatídicos días de enfermedad y el taladrante parloteo de un enemigo íntimo que no me dejaba en paz: mi mente, que hacía sus propias elucubraciones y elegía siempre los caminos de razonamiento más catastróficos. Igual, de a poquito, la fui domando.

Todo comenzó el “jueves de comadres”, cuando mi esposo, que es un alma inquieta y parece que tiene hormigas ya saben dónde, se despertó medio flojo diciendo que no se sentía bien. No sé por qué motivo supusimos que estaba cansado (justamente porque hace mil cosas y nunca para) y que el malestar iba a ser pasajero. Yo, que no soy exactamente una fan del carnaval, justo ese jueves quería juntarme a brindar con mis amigas, tal vez para enterrar un 2020 que había sido calamitoso desde todo punto de vista. Así que asistí al encuentro junto a seis “comadres” más. Por suerte, nos sentamos con distancia social y no compartimos vaso, pico, mate, etc. Fue un “pedo medido”. Cuando llegué a casa a la nochecita después del festejo, mi esposo me cuenta que se había ido a hisopar porque había levantado fiebre. Al otro día nos confirman el indeseado visitante: COVID POSITIVO. Se imaginan la “alegría” de mis amigas al enterarse del notición al día siguiente. Por suerte, más allá de la paranoia, todas resultaron ilesas post festejo.

Y de ahí en más (quien lo ha vivido sabe de qué estoy hablando), comenzó una sucesión de acciones improvisadas, torpes, exageradas para tratar de que el enfermo no contagie al resto. Así que mi marido quedó aislado en nuestro dormitorio, solo y su alma. Los primeros días parecía un refugiado de Somalia: le dejaba la comida al borde de la cama, rociaba con acohol varios metros a la redonda (con especial énfasis en cubiertos, platos y vasos); le pasaba sus pertenencias arrojándolas cual doble de básquet, y no faltaban los guantes para manipular los objetos contaminados. Y por supuesto que la incertidumbre se iba apoderando de mí y de lo que podría ocurrir: “¿me voy a contagiar, se van a  contagiar mis hijas? ¿va a ser doloroso? ¿perderé el olfato? ¿afectará a mis pulmones? ¡¿me volveré loca!?” En fin…

A los dos días pasó lo predecible: tuve un poco de fiebre y la certeza de que me había contagiado, y al tercer día el síntoma infalible: ¡había perdido el gusto y el olfato! Ahí tragué fuerte y me entregué a las circunstancias. Igual me hisoparon pero fue como que me hagan el test de embarazo cuando ya tenía una panza de seis meses. Y obviamente dio POSITIVO.

Digo que me entregué a las circunstancias, que eran las siguientes: reposar en la cama lo más que podía,  lavar los platos del día a día cuando me surgía un hilo de voluntad, barrer solo aquello visible para los ojos, bañar a mi hijita lo mínimo indispensable, limpiar su colita y su pelela (al no sentir los olores esta tarea se tornaba más simpática). Y comer, que de ser una de las actividades que más disfruto en la vida, se convirtió en algo absurdo: no distinguía si comía carne, lechuga, pasto o cartón.

Claro que entre tanto caos (a esa altura ya éramos cuatro refugiados de Somalia), también afloraron los sentimientos de gratitud y la emoción exacerbada ante los llamados, mensajes, las visitas inesperadas de amigos caritativos que nos traían comida casera, golosina para las nenas, etc. No dejaba de conmoverme cómo los seres humanos, a pesar de nuestras miserias, siempre tenemos el instinto de ayudar al prójimo y de tender la mano. Bueno, todas estas actitudes altruistas me movilizaban hasta las lágrimas.

Algo que nos llamaba la atención también durante esos días, a mi marido y a mí, era que nos sentíamos tristes, nos invadía como una angustia "kierkegaardiana" en la que no encontrábamos sentido a nada. Una tarde estábamos sentados en la galería mientras mirábamos el cielo azul y escuchábamos cantar a los pajaritos, y sin embargo sentíamos un vacío difícil de explicar. Y es que nos dimos cuenta de que no teníamos lo esencial, aquello que nos permite vivir con alegría y que hasta hace unos días formaba parte de nuestra cotidianeidad: la SALUD. “Salud, divino tesoro”, pensé en voz alta.  

Y ahora que de a poquito voy recobrando las ganas de moverme, de reír, de comer, me voy dando cuenta de lo simple que es todo, de que la vida es perfecta como es, que está hecha para tomarla, degustarla, olerla, abrazarla, escucharla, sentirla, disfrutarla, leerla. No hay más, pero tampoco menos. Y si bien es cierto que somos vulnerables y que mucho de lo que nos pasa es indeterminado, en materia de salud, sí tenemos a disposición un montón de recursos internos para cuidarla, mimarla, conquistarla. No hay nada más importante. Nuestro cuerpo y nuestra mente, son el vehículo con pasaje directo hacia la FELICIDAD.

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