Decisiones que nos cambian la vida

Decisiones que nos cambian la vida

por

Raquel Abraham

Periodista. Jujeña y apasionada de mi provincia.

Fotos: Ollie Wright

#Editorial

Flor Mallagray
Raquel Abraham, directora editorial

Era enero de 2019, cuando en unas vacaciones familiares en Iquique, me di cuenta caminando “pata pila” en la arena, que quería una vida diferente. Había terminado el  año anterior con una noticia aparentemente catastrófica: no me renovaban el contrato en el multimedio  donde trabajaba, lo cual significaba lisa y llanamente, que había quedado desempleada. Y no era la primera vez. Años anteriores, en situaciones similares, yo había optado por lo que en psicología se conoce como “fuga hacia adelante”. Este expresión representa una suerte de escape, a través del cual pretendemos salir de una situación problemática, conflictiva o difícil, insistiendo en la actitud que nos ha llevado hasta ese punto, con la esperanza de que la cosa se solucione como por arte de magia. En mi caso, la fuga era tomar el primer trabajo que surgiera, con tal de “emplearme” y estar inserta en el sistema.

Bueno, es así que entre el sol interminable del norte de Chile, las olas azules y no tan cálidas del Pacífico y la brisa fresca con olorcito a sal y mejillones de las noches iquiqueñas, me propuse pensar otras posibilidades para mi vida, indagar en mis verdaderos deseos, sin juzgarme, para ver qué ocurría. ¿Vieron que cuando estamos de vacaciones bajamos la guardia y es como que podemos ver nuestra vida en perspectiva, como si estuviéramos fuera de ella? Así fue que comencé por hacerme preguntas: ¿De verdad quiero ser periodista? ¿Qué otros caminos me ofrece la carrera que estudié, Comunicación Social? ¿Quería trabajar en un multimedio en la tele, porque alguna vez alguien me dijo que “si no estás en la tele no existís”? (todo bien pa, estás perdonado). ¿Quería buscar un nuevo trabajo en relación de dependencia? ¿O tal vez arriesgarme con un proyecto personal, que no me aseguraba nada, ni ingresos, ni público, ni éxito, pero que sería mío? ¿Adivinan? ¡Sí! Me empezó a resonar y vibrar la última pregunta.

Igual, y aunque la idea me emocionaba, siempre me costó tomar decisiones. De hecho, fueron pocas las certezas que tuve a lo largo de mi vida, lo cual es maravilloso porque todo fluye mágicamente: supe por ejemplo, que quería a mi actual esposo como compañero de vida, jamás dudé que quería tener hijos (de hecho siempre quise dos), también luché por tener una casa propia, lo que afortunadamente se pudo dar. ¡Sí, ya sé! Muy Susanita lo mío (quizá más que certezas eran mandatos, pero no importa, porque a los fines prácticos, cuando llegaba el momento de decidir algo, se me hacía muy fácil. En cambio, en otros ámbitos de la vida, tal vez no tan cruciales y a simple vista banales, me costaba más decidir: ¿estudio comunicación o inglés?, ¿mando a mi hija a este o a otro colegio? ¿yoga o natación? El mundo de posibilidades que se me presentaba era directamente proporcional al de mis incertidumbres: ¿y si me equivoco? ¿Y si elegí mal mi carrera? ¿Y si mi hija es más feliz en otra escuela?

Y es que estamos tomando decisiones todo el tiempo, aunque a veces no lo registremos. Y muchas de esas decisiones nos cambian la vida, la mejoran o la empeoran. Pero lo importante es que seamos conscientes de que lo que hoy tenemos y somos, es en gran parte producto de aquello que elegimos en el pasado. Sí, tamaña responsabilidad. La buena noticia es que si algo de nuestro presente no  nos cierra del todo, siempre está la posibilidad de pegar el volantazo. Por el contrario, lo triste es entregarnos a nuestra propia mediocridad, creyendo que es lo único que hay.

Bueno, volviendo a Iquique y al vaivén de las olas ¡heladas por cierto!, pude darme cuenta de que quería una vida mejor, no solo la quería, sentía que me la merecía, pero que nadie más que yo podía dármela. Es así que empecé a mover aquellas piezas que sentía que ya no encajaban en mí con comodidad, y rediseñé una nueva vida: armé una rutina con un trabajo ajustado a mis horarios y no al revés, en un espacio que ame y me inspire, como mi hogar, haciendo algo que me encante y, que obviamente tenga la expertise: cuando puse todo eso en el mismo recipiente, di a luz con naturalidad a mi propia revista. Claro que hubo detractores: “¿pero quién te va a financiar?”, “¿cómo vas a generar tus ingresos?”, “¿cómo vas a hacer para vivir?” Y claro que el miedo por momentos se apoderaba de mí. Sin embargo, a pesar de tantos bardos ajenos y propios, me aferré a la convicción de que nada podía salir mal si no me traicionaba.

Así fue que nació Revista CHE. Como todo parto, costó al principio, a medida que nos íbamos conociendo y caminando juntas ¡solo ocurrían cosas buenas! Primero aparecieron los lectores,  después los anunciantes que apostaron al emprendimiento. Más adelante me tendieron la mano talentosos columnistas y redactores que hoy siguen aportando con admirable entrega y talento.   

 

Flor Mallagray
Parte del equipo periodístico de Revista CHE

Este mes cumplimos un año y lo enuncio en plural porque Revista CHE es todo menos un proyecto individual: tiene voces, palabras, ilustraciones, chistes, tiene vida propia. Es por todo esto que en este primer año quiero detenerme a degustar lo conseguido. Y aunque gran parte del tiempo soy mi peor crítica, hoy me quiero agradecer por haberme escuchado y me quiero felicitar por haber actuado, quizá con una dosis extra de osadía, pero…no lograríamos nada si de vez en cuando no nos tiráramos a la pileta, aún sin saber si hay agua. ¿Si todo es color de rosa? ¡Claro que no! Todo es de mil colores y a veces desordenados, pero a pesar del caos, hoy me siento más dueña que nunca de mi vida. Y en los momentos en los que acierto algún que otro tiro, es una sensación tan suprema, que solo puedo describirla en una palabra: FELICIDAD.

¡Feliz Aniversario che, que tenemos mucho por celebrar!     

 

Flor Mallagray
Patrocinadores de Revista CHE

La buena noticia es que si algo de nuestro presente no  nos cierra del todo, siempre está la posibilidad de pegar el volantazo. Por el contrario, lo triste es entregarnos a nuestra propia mediocridad, creyendo que es lo único que hay".